Los impuestos de los ricos

8 octubre 2009 | Categorías: Opinión |

Xavier Vidal-FolchEl País

Una vez que la vicepresidenta Elena Salgado reconoce que la vuelta de tuerca fiscal recaerá “sobre la amplísisima clase media”, la más numerosa y la que más impuestos paga, es lógico que arrecie el debate no sólo sobre la oportunidad de subir impuestos en plena recesión, sino también sobre la equidad de su reparto. Incluso a riesgo de virus demagógicos.

Ricos y súperricos, como las meigas, haberlos haylos. Y en su mayoría refugian sus fortunas en unas peculiares Instituciones de Inversión colectiva (IIC), las 3.300 Sociedades de Inversión de Capital Variable (Sicav), con un patrimonio de 27.000 millones de euros, algo menos de 4,5 billones de pesetas.

Distintos robinhood locales alegan que estas fortunas apenas tributan: sólo el 1%, una afrenta a todos los demás. No es exactamente así. Las Sicav tributan, sí, al 1% en el Impuesto de Sociedades. Pero cuando sus socios retiran dividendos o venden sus participaciones obteniendo plusvalías, lo hacen al 18% en su impuesto personal sobre la renta, IRPF.

De modo que sus rendimientos finales tributan como las demás rentas de capital, sean dividendos o intereses de los depósitos bancarios. Ahora, verán aumentar su tipo un punto (al 19%) para un tramo de hasta 6.000 euros y tres (hasta el 21%) para cantidades superiores. Ése es uno de los escasos propósitos de progresividad en el paquete fiscal del Gobierno, pues la parte del león, el aumento del IVA y la supresión de la mal diseñada deducción de 400 euros, son lineales.

Se destaca el agravio comparativo de que las rentas del capital vengan tributando a ese 18%, mientras que las del trabajo (abrumadora mayoría de la recaudación por IRPF) lo hagan en una escala entre el 24% y el 43%. Ese mejor trato fiscal lo comparten las Sicav con las demás IIC, como los fondos de inversión. O con las cartillas de ahorro.

La diferencia más llamativa está entre el tipo del 1% aplicado a todas las IIC, Sicav incluidas, y los que gravan al resto de compañías en el Impuesto de Sociedades: un 30% como tipo básico, antes el 35%. Aunque en realidad el tipo efectivo era inferior. Tras acogerse a las deducciones disponibles, podía acercarse al 28%.

O sea que una compañía industrial pagará por sus beneficios el (teórico) 30% en Sociedades, y los beneficios que recojan sus accionistas, el 19%-21% en el IRPF. Mientras que para las Sicav será del 1%, y sus partícipes pagarán igual que los otros accionistas.

¿Tienen sentido estas asimetrías entre el capital financiero y el, digamos, industrial? Es discutible. Conviene mimar al capital financiero, que encarna el ahorro de ayer, la inversión de hoy y el empleo de mañana. Con límites. Mientras el distinto trato no desemboque en clara distorsión e inequidad flagrante. Y mientras las Sicav y compañía sean auténticas herramientas de inversión y no meros instrumentos de gestión de cartera de las grandes fortunas, como es frecuente aquí. Y siempre que el control de cualesquiera rentas pasen por la ventanilla de Hacienda, que no es el caso, pues aquí la tutela de las Sicav corresponde a la CNMV.

Tiene sentido mimar la inversión en economías que la necesitan como agua de mayo. Pero también hay un correlato histórico menos risueño: la globalización supuso el libérrimo movimiento de capitales. Para atraerlos, los Estados, estimulados por las rebajas fiscales del republicanismo y del thatcherismo, compitieron entre sí y con los multiplicados paraísos fiscales. Desfiscalizaron así el capital: la contrarreforma tributaria. Acierta Salgado al describir que “el capital viaja a la velocidad de la luz”: en Alemania, Austria, Holanda o Francia las Sicav tributan cero en el Impuesto de Sociedades.

Pero a ese viaje se le puede imponer algún peaje. Siempre que albergue ambición global y alcance, al menos, europeo. Si ésa es la opción, aproveche el Gobierno su silla en el G-20, y su próxima presidencia de la Unión Europea, para impulsarla. No tanto por su capacidad recaudatoria inmediata, sino como alivio del contribuyente de a pie, y para evitar que se haga el “distraído”, el “polizón”, como ironizaba Luigi Einaudi en su mítico Mitos y paradojas de la justicia tributaria.

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