Las consecuencias de la privatización global

Carlos Martínez – Presidente de ATTAC España

La época dorada del neoliberalismo, entre la década de los 70 hasta 2008, desató una ola de privatizaciones. El sector público, adelgazado al máximo, y la creencia inducida por los intereses de las transnacionales de que lo privado es más eficiente han transferido al capital privado, agua y energía, transportes públicos, servicios financieros e incluso sanidad, seguridad, educación y fondos de pensiones. Unas macabras ventas de saldos públicos privatizadas -cuando no regaladas- tanto por la derecha y la extrema derecha, como por el centroizquierda o los social-liberales, verdaderos conversos entusiastas a la buena nueva del neoliberalismo.

Ahora, con la crisis mundial capitalista, cuando algunos de estos negocios estallan, las miradas de reclamantes, sindicatos, damnificados y empresarios se vuelven hacia el Estado. Los gobiernos deben hacer frente, con fondos públicos, a los fracasos privatizadores y, encima, los conservadores políticos donde aún no gobiernan culpabilizan a los responsables públicos de una gran crisis, un gran estallido generado entre otras cosas por la pérdida de derechos, valores sociales y la gran orgía privatizadora que Thatcher y Reagan iniciaron y que tuvieron en el Reino de España a González y Aznar por mentores y discípulos aventajados. Por cierto, aún no he oído a nadie reclamarle a Aznar por sus privatizaciones tan contundentes como al menos sospechosamente rápidas, que ejecutó en su primer mandato.

Los sindicatos en el Estado Español y, sobre todo, los más grandes -aunque no únicamente-, se han especializado en el sector público. CC.OO y UGT renunciaron, vía de los hechos, a la lucha de clases y ante esta desmovilización ideológica, pero también práctica, ahora sólo saben movilizarse frente a patronales públicas, donde es fácil reivindicar y, al final, el patrono temporal del turno político acaba no queriéndose complicar demasiado la vida. Tal vez la gran manifestación del 12 de diciembre marque un cambio de tendencia, pero habré de verlo para creerlo.

Talleres, obras, y pequeños comercios han quedado abandonados a su suerte, y ahora miles de EREs en medianas -y no tan medianas- empresas del sector privado salen adelante, salvo excepciones, sin la adecuada resistencia, resonancia o no son evitados por fraudulentos. La clase obrera tradicional, excepto la de las grandes empresas, está abandonada a su suerte o al menos esa sensación tiene. Las afiliaciones sindicales en supermercados de barrio, talleres de empresas auxiliares, u obras y tajos de pueblos y ciudades pequeñas, carecen de la más mínima presencia sindical o ideológica y viven un sálvense quien pueda trágico.

Pero lo que es peor: el patrono, como elemento del imaginario de lucha frente a la explotación ha desaparecido, y el Papa Estado, debilitado por privatizaciones sin cuento y rebajas fiscales injustificadas e injustificables, es el gran patrono. El único elemento visible al que dirigirse. Pues el “emprendedor”, creador de empleo y “riqueza”, es intocable, es decir, es una víctima más.

Sólo así se entiende que un personaje como Díaz Ferrán y su empresa privada, quebrada y con una nefasta gestión conocida hace ya muchos meses, NO HAYA TENIDO NI UNA SOLA MANIFESTACIÓN EN LA PUERTA DE SU CASA O DE SU DESPACHO. Es el mundo al revés, pero es la consecuencia del abandono de las ideas de clase, de la socialdemocracia incluida su vertiente sindical.

Las privatizaciones de la dictadura argentina, que Menem finalizó, arruinaron a este gran país. Ahora “el corralito” se extiende, fruto de la especulación bancaria, las ideologías conservadoras dominantes, las privatizaciones y los desarmes de los controles fiscales, a todo el mundo. Y la forma de superar la situación es inyectar dinero público para salvar negocios y bancos privados o privatizados.

Porqué hasta ahora se han señalado como causas de la crisis a la especulación financiera, las burbujas económicas que la financiarización económica provoca y necesita, el casino económico generalizado, la pérdida de derechos sociales y salariales de trabajadoras y trabajadores, y la consiguiente precarización del trabajo, incluso, pero no a las privatizaciones.

Las privatizaciones generalizadas han sido la madre de todas las batallas, imprescindible para precarizar el trabajo. Deslocalizar las grandes industrias. Dejar el control total del mercado y por tanto los precios en manos de transnacionales. Acabar con la sindicalizada y combativa clase obrera industrial occidental y encima encarecer los servicios esenciales, además de debilitar inclusive desprestigiar al estado de bienestar, allí donde este existe.

Las privatizaciones generalizadas han hecho surgir un nuevo lumpen-proletariado, ideológico y urbano, amedrentado, superviviente y capaz de votar a Bush, Berlusconi o Rajoy, si se le garantizan contratillos continuados que le permitan consumir televisión, coches baratos pero veloces, y comida basura.

Las privatizaciones en un capitalismo sin rostro y que no deja rastro, han dejado a la ciudadanía inerme y desarmada sin nadie a quien reclamarle. Si el gran público no conoce a Díaz Ferrán, pues corta el tráfico en Barajas y perjudica a otros trabajadores o consumidores en vacaciones, pero no a Díaz Ferrán. Los sindicatos le exigen al Gobierno soluciones, pero no a Díaz Ferrán. Es decir, como no se está dispuesto a intervenir decididamente en la ECONOMÍA, por parte de los estados europeos en general, y español en particular, pues se reciben las bofetadas que le corresponden a otros y otras, es decir a los capitalistas.

Claro que como muy bien afirma Vicenç Navarro, los estados y los gobiernos, son responsables de esta situación, pues con sus políticas (por tanto con su capacidad de ejecución y autoridad gubernamental y no sólo de gobernanza, sino coactiva weberiana), son los que necesariamente han contribuido a esta situación y la han hecho posible. No hubieran habido privatizaciones si los estados no las hubieran consentido demasiadas veces con apoyo de los grandes sindicatos (no todas, ni todos, pero si en demasiadas ocasiones). Ese es el gran triunfo de la ideología neoliberal.

Ahora la ciudadanía, convertida en mero sujeto consumidor, busca despistada y abandonada a quien reclamar, y solo surgen los gobiernos. Estos, a veces, responden por caridad o por estrategia electoral, pero no por un sentido de la justicia que lleve a recuperar las competencias públicas y las esferas públicas de control y servicio público que jamás debieran venderse, regalarse o “liberalizarse”.

Está crisis está dejando claro que ni lo privado funciona mejor, ni los servicios públicos en manos privadas gestionan mejor y, sobre todo, que a la ciudadanía todo le sale más caro y, cuando quiebran, los gobiernos debe apagar los fuegos.

Lo que las personas de izquierdas –entiendo- debemos hacer, y los movimientos sociales reivindicar, es que el capitalismo existe, tiene cara real. Hay nombres como Díaz Ferrán, Botín o las Koplowitz, entre otros muchos, que existen, están, son reales, mandan e imponen sus intereses. Díaz Ferrán está a la vista de todas y todos, y se le deben exigir responsabilidades a él y no al Embajador de Ecuador en España.

Hay clases, hay ricos y pobres, hay trabajadores y trabajadoras, hay clase obrera, también hay autónomos y cooperativas, economía social, pero esos son parte del engranaje productivo que el capital controla.

Las privatizaciones de entre los 70’s y los 2000’s han traído estos lodos ¿Hay que salvarlas y regalarlas después otra vez a sus gestores actuales?

A esto nos conduce la privatización total, económica, política y social que vivimos.




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